Heroína por casualidad

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Un breve pitido me indicó que había llegado una nueva noticia a mi dispositivo. Habitualmente no suelo prestar mucha atención, pero una rápida lectura del titular me hizo abrir los ojos como platos y me obligó a acceder a la fuente original para leerla y comprobar que no se trataba de algo sensacionalista con una cabecera engañosa. Y no lo era, era perfectamente real: la Tierra acababa de autodestruirse.

La Tierra. Ese planeta del que tantas veces había oído hablar de pequeño. Mi abuelo me contó muchísimas veces que había sido su objetivo principal para expandir nuestros dominios, pero que, finalmente, acabaron renunciando tras un largo trabajo de campo…

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– Decantarnos por invadir aquella pequeña esfera azul llena de recursos naturales fue muy sencillo, era la que más se parecía a la nuestra y la adaptación sería rápida. El problema vino después, puesto que la distancia era excesiva y, antes de lanzar el ataque definitivo, preferimos estar perfectamente seguros de nuestras posibilidades de éxito. Un error nos hubiera costado muy caro.

– Abuelo, cuéntame otra vez cómo fue esa investigación.

– Me encargaron a mí el trabajo. Y solo a mí, porque el presupuesto era bastante bajo, querían minimizar las pérdidas. Se decidió que yo observaría ininterrumpidamente durante varios años la personalidad y costumbres de los humanos, así como la forma de reaccionar ante determinados estímulos provocados por mí, con el fin de analizar sus fortalezas y debilidades. Así podríamos decidir si atacar o no y de qué manera.

– ¿Y cómo elegisteis a qué humanos observar?

– Como te he dicho, los recursos eran escasos. Tras una serie de cálculos, vimos que, si queríamos tener información completa, solo nos podíamos centrar en un individuo. Era una muestra muy pobre, pero considerando que todos los humanos eran prácticamente iguales, nos bastaba. Nos decantamos por una niña de cabellos dorados, a la que llamamos Sujeto N.

– ¿Y cómo fue?

– La misión se volvió cada vez más complicada, necesitamos alargarla mucho más de lo previsto, casi treinta años. Constantemente la sometía a pruebas de diversa índole, cada vez más duras, estimulando sus emociones y estudiando sus reacciones, en busca de las ansiadas debilidades, pero no había forma de encontrarlas.

– ¿Qué tipo de pruebas eran esas?

– Mejor no quieras saberlo, unas pruebas tan crueles que cualquiera de nosotros se habría venido abajo muy pronto. Pero no era el caso de esa humana. A cada nueva jugarreta por la que le hacía pasar le seguía un pequeño periodo de desánimo, pero luego volvía a levantarse y a seguir adelante. A veces ella sola, a veces gracias a las buenas personas de las que sabía rodearse. Era desesperante, no había forma de encontrar un solo punto débil en esa especie. Fíjate que incluso llegué a transmutarme en humano para tener contacto directo con ella, me convertí en el dueño de una empresa y fui su malvado jefe durante unos años, pero aguantó estoicamente y no conseguí verla flaquear en ningún momento.

– ¿Y qué pasó al final?

– Nada. Al cabo de treinta años realicé mi informe y concluí que, basándome en la observación del Sujeto N, la raza humana era tremendamente fuerte y nosotros no estábamos preparados para atacarles. Cualquier intento habría supuesto un suicidio contra esos seres superiores. Volví a nuestro planeta y aquella investigación se archivó indefinidamente…

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Muchos años después de aquella expedición todavía se seguía hablando de los humanos y se envidiaba la enorme fortaleza mental que poseían. Y ahora parece ser que todo era mentira.

Leo la noticia temblando. Parece que los grandes líderes del planeta se reunieron y llegaron a un acuerdo definitivo: ante el indiscriminado aumento de la temperatura media, la sobrepoblación que estaba acabando con los recursos naturales, las pandemias sufridas durante los últimos siglos y la incapacidad de la especie para acordar soluciones y sobreponerse a todo esto, habían tomado la decisión extrema de darse por vencidos y destruir el planeta detonando cientos de bombas nucleares al tiempo.

¿Pero estaban locos? Definitivamente nos habían engañado, no todos los humanos eran iguales y la investigación de mi abuelo fue absolutamente errónea, de hecho, es probable que el individuo sobre el que la hizo fuera una excepción. En general, era una especie débil, impaciente, egoísta, incapaz de cooperar con sus semejantes por un bien común y que prefirió tirar la toalla antes de llegar a un gran acuerdo. Una pena, ¡hubiera sido muy fácil conquistarlos!

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Unas semanas después, tras unas gestiones con el Gobierno, conseguí el expediente que redactó mi abuelo. Mientras lo repasaba, llegué a sentir aversión hacia él y a solidarizarme con aquella pobre niña por todo lo que le hizo, y eso que no quise entrar a leer los detalles. De hecho, desde ese momento, se convirtió en mi referente y heroína. Qué lástima que todos los humanos no fueran tan asombrosos como el Sujeto N, hoy la Tierra seguiría existiendo y seguramente sería un planeta lleno de bondad, alegría, solidaridad y, sobre todo, de fortaleza mental ante las adversidades.

Lo sé todo

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Confieso que siempre fui muy cotilla. Me gustaba curiosear los rincones de todas las casas que visitaba y tarde o temprano me acababa enterando de todos los secretos de mis amigos. Hasta me hice psicólogo para cobrar por que la gente me contara sus vidas. Sin embargo, la mía se truncó demasiado pronto.

Una extraña y voraz enfermedad acabó conmigo en pocas semanas y, mientras agonizaba, solo me lamentaba por la cantidad de cosas que aún me quedaban por saber de otras personas.

Pero, para mi sorpresa, he adquirido nuevas habilidades y todo es ahora mil veces mejor. Ni en mis mejores sueños se me hubiera ocurrido una mejor ocupación para el resto de la eternidad.

Me traslado a gran velocidad a través de ráfagas de viento frío y puedo recorrer todo tu cuerpo en apenas una décima de segundo. Entro a través de tu cabeza y veo lo que escondes en todos los pliegues de tu cerebro, todo lo que han captado tus ojos, todos los sonidos que han hecho vibrar tus tímpanos. Paso por las cuerdas vocales y ya sé todo lo que alguna vez has pronunciado. Tu estómago me cuenta las veces que se ha encogido debido a lo que te angustiaba algún problema. Huelga decir que tus órganos sexuales tampoco me esconden nada. Termino mi fugaz y completo análisis escapándome por tus extremidades, que me dicen todo lo que has tocado y escrito, todo lo que has pisado y pateado. Toda una vida de experiencias es adquirida por mí en lo que dura un estremecimiento.

Vosotros, los vivos, lo llamáis simplemente escalofrío.

Relato de un pastor extremeño (1995, XXV Aniversario del primer primer premio)

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Buenas tardes.

Hoy estoy feliz por compartir con vosotros una bonita efeméride. Por estas fechas (no recuerdo exactamente el día, pero sería cerca del Día del Libro) se cumplen 25 años de mi primera incursión en el mundo de la Escritura. Tenía ocho años, estaba en 3º de Primaria y la profesora nos dijo que teníamos que escribir un cuento para un concurso en el colegio. Hasta ese momento, para mí, la Literatura la habían hecho otros. Esa fue la primera vez en la yo creé un texto.

Para redondear el recuerdo, os diré que también gané el primer premio de mi categoría con ese relato. Luego vinieron algunos más, pero ese fue especial y quisiera compartirlo con vosotros. Os dejo la imagen del texto original (en limpio) y también el texto transcrito por si no se ve del todo bien (no he modificado nada más que tildes y signos de puntuación, el texto es el mismo).

Y por si os decepciona la trama o el estilo, os recuerdo: 8 añitos.

RELATO DE UN PASTOR EXTREMEÑO

Un día que estaba yo en mi pueblo, decidí salir a dar un paseo por el campo; vi un hombre mayor que cuidaba ovejas y me acerqué a él.

– Ven, muchacho, y ayúdame a comer estas almendras- me dijo.

Y yo, con mucho gusto, me fui a comer almendras con él.

Me preguntó mi nombre y mi edad, yo le respondí y le pregunté la edad.

– Sesenta y siete años tengo, muchacho- me respondió.

– ¡Ah! Qué paisaje más bonito se ve desde aquí- dije.

– Pues los hay más bonitos todavía en Extremadura. Cuando era joven, la recorrí de norte a sur, ¿quieres que te cuente mis viajes?- me preguntó.

– ¡Sí, por favor! Me encantaría escucharlo- le rogué.

– Pues verás- empezó a decir-, al norte están las Hurdes, que es un paisaje despoblado, triste y bonito. Más abajo, el Valle del Jerte, que es uno de los paisajes más bonitos de España y tiene unas cerezas riquísimas, las mejores del mundo.

– Me gustaría probarlas- dije.

– Lo siento, pero no tengo ninguna- me dijo-. Sigo, en la comarca de la Vera los paisajes son verdes y los pueblos muy bonitos. Y el agua corre por las calles, que, por cierto, está riquísima. Y en la Sierra de Montánchez el paisaje es montañoso. Y en Badajoz, hay una zona de pantanos para regar la Siberia. La Siberia es una zona desértica, de pueblos muy separados. La Serena es una tierra de cereales y cultivos. La comarca de Llerena, es la que pertenece el pueblo de Retamal de Llerena, que es en el que estamos ahora nosotros. La Tierra de Barros tiene muy buenos vinos. Y en todas las partes a las que fui me encontré con gente buena y sencilla.

– ¡Qué bonito es todo lo que me ha contado! ¡Ojalá pudiera seguir escuchándole! Pero me tengo que ir, ¡adiós!

Y me fui pensando en lo que oí.

Hidalga confusión

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– Toda mi vida he vivido engañado, y ahora que he leído el libro, sé la verdad, siento que tengo que reinterpretar mis ideales por completo.
– ¿Pero qué dices? ¿Qué libro?
– Sí, ríete, pero seguro que a ti también te han ocultado la verdad. ¿A que siempre has pensado que el gordo era el Quijote, por la canción?
– Me estás volviendo loco, ¿qué canción?
– La de «Quijote es ancho, es anchoooo Quijote». ¡Y no! ¡El gordito era Sancho Panza!
– Mira, no te voy a decir por dónde me están ganas de meterte la lanza en astillero y la adarga antigua…

Meta alcanzada

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– Cariño, ¿qué tal me queda esta chaqueta? Hace tiempo que no me la pongo.

– Te queda bien, te hace un poco más delgado. Pero precisamente hoy no creo que se fijen mucho en tu ropa, hoy el protagonista es Bruno.

– Tienes razón, ¿recuerdas la de veces que nos dijo que deseaba salir en el periódico? Yo perdí la cuenta.

– No te metas con él, y menos ahora que lo ha conseguido por fin. Creo que me llevaré un bolso pequeño.

– Sí, lo ha conseguido, pero estoy seguro de que hubiera preferido salir en alguna otra sección. ¿A cuántos deportes se apuntó desde que lo conocemos? Y nunca ganó ningún campeonato.

– Y no te olvides de los concursos literarios, artísticos, de investigación… No se llevó ni una triste mención. Aunque, entre tú y yo, era bastante malo. ¿Ya estás listo? Llevas el nudo de la corbata un poco flojo.

– Entre tú, yo y todo el mundo, pero estaba tan ilusionado que nadie se atrevía a decirle nunca nada. Recuerdo que al final casi se conformaba con salir simplemente en una foto como un ciudadano anónimo que le da la mano a un alcalde, ministro, escritor famoso… Pero, como tú decías, lo acabó consiguiendo. Mira, su nombre en grande, ocupando un cuarto de página.

– Venga, deja eso ahí y vámonos, que todavía llegamos tarde al funeral.

Selección de Personal

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– Espera, ¿qué vas a hacer con eso?

– Tranquilo, solo será un pinchazo, mañana estarás como nuevo.

Mentira. Mañana lo encontrarán muy lejos y no recordará quién es.

Por su perfil en aquella web supe que era el chico perfecto para acompañarme en los próximos meses, quizás un año. El acercamiento fue tan minucioso como en otras ocasiones: hablar, quedar varias veces y finalmente invitarlo a mi casa para acabar quedándome solo con lo que me interesaba de él. Sería la guinda al grupo de catorce personas reclutadas mediante el mismo proceso: hombres, mujeres, más jóvenes, más viejos… Los necesitaba a todos para formar el gran elenco que me llevaría a la fama. Además, tenía la ventaja de que ninguno vendría después a reclamar ningún agradecimiento.

Los escritores normales se inventan los personajes. Yo prefiero robar almas de gente real para después manejarlas a mi antojo.

Relato en espejo – 2ª parte: una visita desesperada

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Aquella tarde a Silvia le pareció buena idea recorrer caminando los tres kilómetros que le separaban de su casa. Iría a través del bosque, el trayecto era más corto, y la tarde era muy buena. Pero a los diez minutos, en un abrir y cerrar de ojos, el cielo se tornó negro, amenazando con un aguacero inminente.

El primer relámpago iluminó la casa que tantas veces había visto a lo lejos desde la carretera. Siempre le había asustado, pero en ese momento era su salvación. Llevaba años abandonada, realmente daba miedo, pero necesitaba guarecerse hasta que pasara la tormenta. La puerta cedió y entró a lo que en otra época fue el recibidor. Suciedad y un silencio interrumpido solo por sus lentos pasos. En el salón, solo hierbajos que se habían apoderado de los pocos muebles que quedaban. En la cocina, pasitos de algún animal que no quiso identificar.

No hubiera necesitado seguir explorando, pero su curiosidad pudo más que su miedo. Y tenía bastante miedo. Se paró unos segundos ante la escalera. Buscó a tientas el pasamano y empezó a subir con mucho cuidado. Todos los peldaños crujieron bajo su peso, pero el quinto notó que cedía al pisarlo. Pudo reaccionar a tiempo y saltar al siguiente. Una caída en aquel sitio podía haber sido fatal.

Cuando llegó al piso superior, vio que aún colgaban algunos cuadros, con rostros que la miraban desde otra época. Pero lo que sí era muy real era la niña que la miraba desde la otra punta del pasillo. Silvia se quedó petrificada, “no puede ser, hace cinco segundos ahí no había nadie” “no puede haber aparecido de la nada”, pensó tratando de convencerse de que era una visión.

No lo era, se convenció cuando la niña empezó a andar hacia ella. Pero la niña no andaba, flotaba sobre el suelo, con la mano extendida y una sonrisa de maldad en su cara.

En ese instante, mientras se giraba para huir de esa casa, Silvia recordó una historia que le contaron sobre ese lugar. Hacía más de cien años, la dueña de aquella casa le confesó a su marido que su hija era fruto de un idilio con otro hombre seis años antes. El marido se enfadó tanto que mató a su mujer y huyó de la casa encerrando a la niña tapiando la puerta de su habitación y dejándola abandonada. Dicen que el espíritu de la niña vagará por la casa hasta que alguien abra esa habitación y entierre su cuerpo en un lugar apropiado.

Pues no iba a ser ella quien rompiese la maldición. Aunque afuera cayese el diluvio universal, sería mucho mejor que enfrentarse a un fantasma. Con la prisa no recordó el escalón roto que sí había evitado a la subida. El pie se le enganchó y cayó rodando y golpeándose contra la barandilla. Hasta que, con el último giro aterrizó sobre la cabeza, lo que le provocó una rotura de cuello mortal. La cara de aquella maldita niña sobre ella fue lo último que vio antes de perder la consciencia.

Relato en espejo – 1ª parte: una visita inesperada

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Adela sirvió con cuidado el té en las tazas de sus compañeras de merienda. En realidad, el té era imaginario, y sus acompañantes, su colección de muñecas. Le encantaba pasarse las tardes jugando, y siempre aderezada con una divertida conversación.

Miró a su alrededor y sonrió. La habitación era preciosa, pintada de verde claro, con muebles de color blanco y unos cuadros con unos paisajes muy hermosos. Eran tantas las horas que pasaba entre aquellos cuatro tabiques que conocía cada milímetro del suelo, de las paredes, cada pequeña muesca fruto de algún golpecito tiempo atrás. Sus padres solo la dejaban salir de allí cuando venía visita, pero hacía mucho que nadie se acercaba a aquella casa. Era muy feliz, pero quería jugar con alguien de carne y hueso, compartir confidencias y risas, intercambiar consejos sobre cómo peinar a sus muñecas… Llevaba tanto tiempo deseando con todas sus ganas una visita que, por fin, aquella tarde se cumplió su anhelo.

Adela conocía a la perfección cada sonido de la casa. Tanto que no tuvo problemas en reconocer unos pasos que se acercaban a más de cuarenta metros aún. Emocionada y nerviosa, se subió a la hermosa cómoda blanca para poder mirar por la única ventana del cuarto, ¡era una mujer con un pelo precioso! “Seguro que me deja hacerle una trenza” pensó mientras la observaba acercarse rápidamente a la puerta de la casa.

La niña escuchaba a través de la pared e iba repasando mentalmente el recorrido de la mujer: “ahora está en el recibidor”, “estaba en el salón y acaba de meterse en la cocina”, “ay, ¡ahora está subiendo la escalera! En cuanto llegue al último escalón, salgo a recibirla”.

Así lo hizo, Adela se colocó el lazo del vestido y puso la mejor de sus sonrisas para recibir a su invitada.

En cuanto apareció al final del pasillo y gritó un encantador “hola”, la mujer se puso rígida. “No te asustes. Ven, dame la mano, ¿quieres que te presente a mis muñecas?”

Pero sus dulces palabras no tuvieron resultado. Es más, la mujer, en cuanto vio que se acercaba, se dio la vuelta y echó a correr de nuevo hacia la escalera.

“¿Quieres jugar a pillar? ¡Vale! ¡Yo te pillo! Pero ten cuidado al bajar, que el quinto escalón está…”. No pudo acabar la frase. Un crujido, seguido de una serie de golpes y, finalmente, otro crujido precedieron al silencio sepulcral que había habitualmente en aquella casa. “¿Hola? ¿Estás bien?” Adela se colocó junto a la mujer, pero esta no reaccionó. Yacía sobre el suelo en una postura antinatural, rodeada de un charco de sangre.

“Qué lástima”, pensó la pequeña, “bueno, ya vendrá más gente, espero que la próxima no se muera”. Resignada, desanduvo el recorrido y volvió a meterse en su habitación atravesando la pared de ladrillo.

El Nombre

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“Así que se trataba de Clara… Ya me lo podías haber dicho antes, capullo” pensó Lorena mientras miraba a su marido, muy enfadada, tras haber declarado este quién era su amante. En otra situación, se lo habría gritado a la cara, pero en aquel entorno y estando rodeados de tanta gente, no era lo más conveniente.

Hacía un año que se dio cuenta que Manuel la engañaba con otra: extraños informes que requerían demasiadas horas de oficina, llamadas que acababan abruptamente cuando ella aparecía, paquetes que llegaban a nombre de él que casi siempre “se devolvían” … pero nunca se lo hizo saber. Ella era así, por un lado, tremendamente posesiva y celosa; por otro, excesivamente orgullosa como para aceptar una solución que no hubiera encontrado por ella misma. ¿Preguntárselo directamente? No, demasiado fácil. Se propuso descubrir personalmente quién era la otra y acometer la consecuente venganza. Y al final, la respuesta llegó de la manera más sencilla…

– Una vez oídas las declaraciones de los testigos, tras la deliberación del jurado- el juez comenzaba a decir la sentencia, seguramente la más sencilla que habría elaborado en su vida.

Mientras escuchaba, Lorena pensó en lo metódica que había sido buscando indicios de la identidad de la amante y lamentó lo poco racional que fue en cuanto lo descubrió. Había sido un mes antes, ella estaba tranquilamente leyendo mientras su marido había salido a correr. Escuchó un par de pitidos y supuso que su móvil estaba a punto de quedarse sin batería. “No, tiene más de media carga” pensó. El de Manuel tampoco podía ser porque siempre se lo llevaba motivarse escuchando música. “Pues en casa no hay más. ¿O sí?”. Rezando para que no se apagase definitivamente, intentó buscar el origen del sonido. El hecho de encontrarlo en el cajón de las corbatas despertó una sospecha que al instante se confirmó. No necesitó contraseña para desbloquearlo y ver que en todos los mensajes y todas las llamadas aparecía el mismo nombre de mujer como único destinatario, un nombre que ella conocía perfectamente. Y entonces su vida se centró en conseguir un único objetivo: planear la venganza contra ella sin que Manuel sospechase nada.

La llevó a cabo una tarde en que su marido estaba de viaje, invitó a cenar a su amiga a casa y le dejó caer una serie de insinuaciones. Esta parecía desconcertada, como si no supiera de qué le hablaba. Esto exasperó más aún a Lorena, tanto que aceleró los acontecimientos y acabó apuñalándola sin esperar a terminar el postre.

Instantes antes de que el juez terminara de leer la sentencia, se le escapó una sonrisa nerviosa. No era para menos. La situación fue realmente paradójica: mientras su marido estaba en la cama con la auténtica amante, ella había matado a una inocente…

– … este tribunal declara a la acusada, Lorena Villanueva, culpable del asesinato de Carla García.

Tenía por delante quince años, como mínimo, para planear detenidamente la venganza contra Clara. Y le sobraba tiempo para pensar qué haría con su marido, el hombre casi perfecto que solo tenía un defecto que le había perdonado hasta ese momento: la dislexia.

Ding, dong

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Miré a mi compañero con resignación. Él me devolvió el mismo gesto. Estábamos a punto de darnos media vuelta con un nuevo fracaso que apuntar en nuestra lista. Pero de pronto, un ligero escalofrío recorrió nuestros cuerpos cuando escuchamos unos casi imperceptibles pasos al otro lado de la puerta.

Nos parecía que había pasado una eternidad desde que tocamos el timbre, aunque solo habían sido unos veinte segundos Sabíamos por experiencia que lo más fácil era que nos fuésemos con las manos vacías, pero esperamos pacientemente el tiempo establecido. Y por primera vez en varios días parecía que íbamos a tener éxito.

Estaba claro que, quienquiera que se acercase, no quería que nosotros los supiéramos. Pero ya eran muchos años de rutina al otro lado como para saber cuándo alguien se aproximaba con pasitos cortos y lentos, apoyaba una mano en el marco y con la otra abría con mucho cuidado la mirilla. Tras observar unos segundos a esa gente a la que no le interesaba atender, volvía a repetir el proceso, pero en sentido inverso, alejándose de la puerta como si allí nunca nadie hubiese llamado.

Y nosotros teníamos que asumir que, una vez más, habíamos perdido. Pero no había tiempo para lamentaciones, teníamos que seguir con nuestro trabajo y seguro que, más pronto que tarde, por fin alguien nos abriría la puerta y podríamos iluminarlo con las enseñanzas de Jesucristo.